"La vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento".


lunes, 27 de diciembre de 2010

Vista del Cerro.



En el balcón de un tercer piso de una gran casa en diferencia con las que le rodeaban, en una subida pavimentada recientemente con el calificativo de Troncoso, ubicada en la entrada del cerro Santa Elena un poco antes de la fábrica de chocolates. Se encontraba un jovencillo de piel blanca vestido de su forma particular, sentado en posición de "indio" observando el cerro de alfrente. *Lo observaba fijamente*.

La perrita mestiza Pindy sale por el pequeño espacio de la puerta de la actual pieza del tío Zenon, sentándose al costado del joven, como haciéndole compañía en tal relajado momento de pensamientos varios. *La oscuridad de la noche provocaba que la luminaria callejera hiciera un brillo en la orilla superior de los anteojos del jovencillo*

Ambos observaban el gran cerro contagiado de casas frente a sus ojos. La perrita no le prestaba gran atención, por ser la típica escena de cada día. Pero al joven... le corría una pequeña lagrima.
*Saca de su bolsillo un cigarro medio doblado y con un fósforo logra prenderlo sin desprender la vista del cerro*
Luego el joven voltea un tanto el cuello hacia su propia subida, casas abandonadas, destruidas y viejas en la superficie de la punta del cerro. *Bota el humo, vuelve a su objetivo inicial*

El cerro de al frente era realmente hermoso, especialmente con la gran cantidad de luces navideñas que hacían contraste con la oscuridad de la noche. Ni un ruido en la subida podía opacar tal momento de profundidad. Luces de todos los colores, representativas de la navidad en las afueras de los hogares, de los patios, de las ventanas, de los marcos del techo, en los tejados, en los árboles, arbustos, caminos, senderos, calles, hasta en lugares que no sabría como describir.
Una hermosa escena más aya del espíritu navideño, si no que más en la verdadera esencia porteña.... propiamente de un cerro que compone el preciado Valparaíso.

Tal espectáculo lumínico lo apreciaba cada año, pero este era el último año para el joven. *Fuma lentamente a la vista de su compañera canina, el humo resplandece con las partículas de la luz de las luminarias*
Era su punto de relajo ante cualquier situación de su vida, esa vista... ese paisaje desbordante de belleza y sencillez que predominaban sin cesar.

El jovencillo piensa en su nueva vista de la ventana, no es la misma... es solo un mural y el profundo cielo azul, algo que podía consolarle solo un poco... *El joven disfruta el cigarro como nunca, como si fuese el último, porque realmente era el último.*

Porque en verdad ya no podía creer que dejaría parte de su vida atrás. Tan drásticamente.
Hoy en día ese jovencillo no tiene esa vista al alcanze de sus ojos muy seguidamente. Lo que le apena bastante... aveces necesita ese consuelo ante sus problemas, que solo era solucionable con cinco minutos de observar divagante hacia el cerro de alfrente. El joven extraña esa vista, como si hubiese perdido un amor.
*El jovencillo arroja el cigarro por entre las rejillas del balcón hacia la calle.* Levantándose, pega una última prolongada mirada entrando a la habitación, perdiéndose entre los visillos de las cortinas.







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